domingo, 24 de abril de 2022

 

LAS GRACIAS QUE LES DEBO A TODAS LAS MUJERES DE MI VIDA

Ensayo publicado en "Cronistas Latinoamericanos" Foto: Cronistas Latinoamericanos

 Por: Anahi Alurralde Molina*

Nací un 10 de octubre a las 10:00am, mi madre me parió con amor, dolor y muchos sueños.

Años más tarde, he muerto y he vuelto a nacer, me he parido a mí misma 2 veces más con miedos, angustias y algunas esperanzas.

Ustedes ¿Cuántas veces han vuelto nacer? ¿Cuántas veces la vida las obligó a parirse a sí mismas? Porque no nacemos sólo el día que nos alumbran, sino las veces que nos rompemos y volvemos a empezar, las veces que nos lamemos las heridas para sanar, las veces que aceptamos ser lo abyecto, lo diferente, lo rechazado y aun así elegimos existir, las veces que desde nuestros dolores resistimos y re existimos.

Ahora pregúntense  ¿Quiénes han estado a su lado sosteniendo esos nuevos inicios? Seguro varios rostros vuelven a ustedes y la mayoría de mujeres. La que llaman mamá, abuela o cualquiera de las mujeres de su familia que las maternaron o quizás esa amiga de infancia, esa amiga de adolescencia,  esa amiga de Universidad, esa compañera de trabajo, esa primera jefa que tuvieron, o quizá piensan en esa amiga que se fue, pero vive en su memoria.

Yo me planteé esa pregunta y me respondí: Las dos veces que yo volví a nacer las que acompañaron ese parto fueron mujeres y con esa respuesta nació este tejido de ideas y sentires que están a punto de leer.

Este ensayo empezó como un escrito de mí hacia mí como un ejercicio autobiográfico que al tejerlo se reveló como un común denominador en la vida de las mujeres y quise publicarlo.

En todo ensayo se presenta una idea para defenderla ¿Cuál es la idea? Afirmar que las mujeres sostienen la vida de las mujeres ¿Cómo la argumentaré? Relatando las etapas de mi vida, que también son las de todas e identificaré en cada una el papel que jugaron las mujeres develando la deuda perenne de darles las gracias a todas ellas que transitaron mi vida para afirmar que darnos las gracias entre mujeres es un acto político de amor y resistencia.

Advierto que quizá no cumpla con los estándares precisos de un ensayo; confieso que no me preocupa. Mientras mis lectoras encuentren en este escrito un poquito de su vida, habrá cumplido su objetivo.  

A todas las que cobijaron mi niñez

La infancia idílica tan romantizada y tan menospreciada a la vez es la etapa donde descubrimos el mundo, nuestro núcleo duro es la familia que nos prepara para salir al mundo exterior, algunas salen con firmeza, otras con temor, están aquellas que no tuvieron ese núcleo y salieron solas. Para algunas es un descubrir tranquilo, casi imperceptible, para otras es apasionado y hay aquellas que se enfrentan ya a los dolores tempranos.

Por eso aquí agradezco a mi madre por haberme revestido de su amor, haberme enseñado de amor propio y haberme dotado de una vitalidad fogosa para salir a ese mundo exterior. Agradezco a las mujeres que me maternaron, las de mi familia y las que sin tener lazos sanguíneos me dieron seguridad con ternura y paciencia.

Lo hicieron sin hacerme saber de mi diferencia, quizá porque sospechaban que el mundo que me esperaba me lo haría saber. Y así fue.

Agradezco a todas las niñas con las que palpamos el mundo, a las primeras que me llamaron amiga, a las que no les importó que sea diferente y más bien con su mirada me protegieron, me agarraron de la mano para correr y fundamos nuestros primeros afectos.

Todas guardamos una niña que por algún motivo fue rechazada, fue excluida, fue ninguneada, fue lastimada o ignorada. Conservamos una niña asustada, una niña a la que le quebraron una de las alitas, pero todas recordamos al menos a otra niña que la reparó, nos sonrió y nos sostuvo.

A todas ellas, les doy gracias.

A todas ellas les debemos un ¡GRACIAS!

A todas las que acompañaron mi adolescencia

Todas llegamos a esta etapa como sobrevivientes de la niñez, sobrevivimos el desencuentro de nuestros mundillos, sobrevivimos a la maldad de los niños y niñas, a los primeros discursos de restricción, a los primeros encasillamientos por ser mujeres.

Llegamos a este punto con algunas herramientas para seguir descubriendo y sintiendo el mundo, pero esas no bastan, porque es en esta etapa bisagra donde ya no somos niñas, ni tampoco jóvenes donde construir nuestra identidad es asumir que eres diferente, que no encajas, que hay algo mal en vos. En este ciclo nos enseñan a conjugar el maldito verbo “Adaptar”; yo me adapto, tú te adaptas, él se adapta, ella se adapta, nosotros nos adaptamos, etc., etc. Ahí es donde trituran nuestra singularidad y son muy pocas las que salen ilesas de esa trituración.

Por eso agradezco a todas las mujeres a las que en esa etapa de hallazgos, donde conocí el rechazo, la inseguridad, la culpa, el miedo; me escoltaron no desde lo racional, sino desde la emoción de las cosas, la emoción de sentir que puedes proteger a alguien y tejer complicidad.

A todas las que acompañaron esa primera vez que nos enfrentamos a nosotras mismas, a las que entendieron los cambios hormonales y nos consolamos juntas, a todas las que defendieron férreamente lo que pensábamos, así hayamos estado equivocadas, a todas a las que les contamos de nuestro primer amor y se emocionaron con nosotras, a todas a las que confesamos nuestros primeros secretos y cumplieron el pacto de silencio.

Todas fuimos esas adolescentes a las que a través de discursos sociales normativos nos quisieron adaptadas antes que auténticas, todas fuimos adolescentes que no entendimos la evolución en nuestro cuerpo, las mutaciones en nuestra psiquis y todas tuvimos a esa amiga que nos aceptó genuinas y que cuidó con toda la ternura que le fue posible que los cambios sean transiciones llevaderas y compartidas.

A todas ellas, les doy las gracias

A todas ellas, les debemos un ¡GRACIAS!

A todas  las que escoltaron mis primeros pasos de juventud

Terminamos el bachillerato con una reserva preciada de esas amigas; cuasi hermanas de las que necesitamos recargarnos en su espalda para mirar el mundo que nos mira y nos espera.

Yo tuve una reserva maravillosa de mujeres que aprendí a amar con el alma.

A todas ellas les agradezco por la incondicionalidad y la paciencia porque llegué a esa etapa con muchas heridas y con cicatrices; éstas, metafóricamente hablando son una parte natural del proceso de sanación. Sin embargo, no todas las personas tienen la misma cicatrización, y no todas las lesiones curan de la misma manera y menos cuando las cicatrices son del alma. Y yo tuve muchas cicatrices queloides.

A todas ellas que en esta etapa acompañaron mi muerte y mi nuevo alumbramiento, gracias por abrigarme, por ser mi refugio, por ser más que hermanas; por ser mis guardianas.

Todas tenemos la bendición de llegar a esa etapa por lo menos con una guardiana incondicional que nos cuida, que nos ayuda a dar el salto a esa fase nueva donde tomas decisiones malas, donde te aceleras, donde dudas de ti, donde las tensiones familiares te quiebran, donde te encuentras un mal amor que te deja rota.

Todas tenemos la dicha de que más mujeres llegan a nuestra vida en esta etapa, unas que desde lo simple y lo fugaz alumbran con sus sonrisas, otras que desde su dureza son el cable a tierra, son horizonte. Algunas se van pronto, otras se quedan por un tiempo y otras pasan a formar parte de esa reserva preciada que ya guardamos, otras se convierten en la reserva misma.

A todas ellas les agradezco por su paso en mi vida, por todo lo que aprendimos juntas, por sus huellas de amor, por sus lecciones, por encender mis pasiones, por apagar incendios de la mente y el corazón, por acompañar las decisiones definitivas, por impulsar los sueños, por aguardar mis pausas.

Todas tenemos en la memoria a esa amiga que transitó con nosotras esta etapa donde según el frio discurso social te “formas profesionalmente”, según yo es donde celebramos nuestras contradicciones y empezamos a definir qué vamos a hacer para cambiar lo que somos.

A todas ellas les doy gracias,

A todas ellas les debemos un ¡GRACIAS!

A todas las copilotas de los cambios

Cuando una siente o te obligan a sentir que ya eres adulta es donde empiezan los virajes, los caminos se separan, las bifurcaciones son irremediables.

En este trance algunas  mujeres de mi vida se fueron, otras se alejaron, varias se quedaron y otras llegaron.

Es en esta etapa donde los primeros puntos de inflexión suceden ¿Y qué es un punto de inflexión?  Yo lo entiendo como decisiones  fundamentales que suponen la antesala de cambios valiosos y muchos desafíos.

Yo tuve  un punto de inflexión de consecuencias maravillosas, una de ellas: que más mujeres se sumen a mi preciada reserva, mujeres de otras tierras, otras culturas, otros pensares y fue descomunal.

Hubo una transformación, no de esas donde dejas todo el pasado y no vuelves a ser la misma, no, no, yo me transformé desde mis cicatrices, a ellas las re-signifiqué con todas las herramientas acumuladas y de ser dolor pasaron a ser mi talismán de fuerza. Esto implicó cambios de pensar, de sentir, de actuar. Significó un nuevo alumbramiento con adopción de posturas, negación de creencias, abandono de desapegos y más, mucho más.

En esta etapa son fundamentales las mujeres que nos conocen desde siempre porque nos acogen para recordarnos de dónde venimos, y para silbarnos las asignaturas pendientes. Ellas, con total parsimonia se sientan a escuchar como rumiamos nuestras dudas, heridas y desamores.

En este ciclo son importantes las maestras que llegan a enseñarnos lecciones desde la experiencia, unas en la academia, otras en el trabajo, otras en la militancia, otras en los oficios diarios, otras en las terapias, y están las que llegan en el lugar menos calculado y no se van nunca.

Todas hemos tenido mujeres diversas que llegan en este punto donde ardemos la vida y ellas nos ayudan a sostener los sueños, a ir a los orígenes de las heridas y cerrar ciclos, a caminar sin prisas, pero sin pausas.

Todas tuvimos  a esas mujeres que nos han ayudado a perdonarnos, porque esta puede ser una etapa de errores, los fugaces y los profundos, los que se pueden revertir y los irremediables, estas mujeres están ahí para aplacar la ira con nosotras mismas; nos ayudan  a hacer pública nuestra culpa privada para transformarla en vergüenza y ésa es una emoción bastante más tratable. Nos hablan con dureza, pero sin perder la ternura y así nos ayudan a sanar.

A todas las mujeres que eligieron quedarse pese a los cambios, les agradezco la empatía, a todas las que se fueron les agradezco porque dejaron afectos y sabiduría en mi corazón.

A  todas ellas les doy gracias.

A todas ellas les debemos un ¡GRACIAS!

A todas las que dejaron herencias infinitas y las que llegaron como viento fresco

Ahora estoy en la tercera década de mi vida y siento que soy la suma de todas las mujeres que han transitado por mí en estos años.

Todas han dejado algo de ellas en mí. De todas han quedado bellas huellas.

Están las que creyeron en mí, en lo académico, en lo laboral, en lo humano. Si hoy yo creo en mí, en mi potencial, se los debo a ellas.

Están las que me han empapado de diversas formas de amor manifestado de diferentes maneras. Si hoy hablo de mí con amor, se los debo a ellas.

Están las que me enseñaron de autocuidado como el primer eslabón para luchar. Si hoy procuro cuidarme se los debo a ellas.

Y están las mujeres que llegaron recién, ellas me enseñan que llega un punto en el que eres tú la que se convierte en maestra y  puedes transmitir un poquito de tu experiencia a las que hoy desde su fresca juventud están ávidas de vivir.

Todas llegamos a la tercera década de nuestra vida con un núcleo duro de amistad y hermandad, llegamos con una reserva de mujeres que son nuestra reserva emocional de sostén porque volvemos a ellas como se vuelve al agua limpia.

A las que se permanecen desde la infancia, a las que llegaron en la adolescencia y se quedaron, a las  que se anclaron en la juventud, a las que arribaron después de los 30.

A todas ellas GRACIAS.

A las que se quedaron en el camino porque tomamos senderos diferentes, a las que se apartaron porque dejamos de vibrar en la misma sintonía, a las que alejé yo con mis complejidades, a las que se adelantaron y ya no están en la dimensión terrenal.

A todas ellas GRACIAS.

¿Por qué dar las GRACIAS desde la escritura?

Porque me niego a olvidar.

Porque alguna vez leí que para abolir el anonadamiento y el olvido no queda sino un recurso: el sortilegio de la literatura, por eso encomendé esta misión casi sagrada a las letras.

Es una misión que nació de mi hacia mí, pero sentí el deseo de hacerla colectiva porque en mi historia encuentro comunes con las de otras mujeres, no de todas, por supuesto, no ambiciono a tanto.

Es una misión de reivindicación porque mi columna vertebral son mis memorias y en todas ellas están las mujeres que acompañaron mis caminos y quiero que quede remembranza de esto, porque creo que las mujeres se abrazan la vida completamente y casi nadie nunca lo cuenta.

Quise contar mi historia hablando en plural.

Este escrito apuesta a la amistad entre mujeres como una cura posible, deseo que trascienda y  luche contra el tiempo, contra el olvido, incluso contra la muerte, para atesorar el recuerdo de la que fui, de la que fuiste, y de todas las que fueron con nosotras.

 

 

 *Escritora, Feminista y Politóloga

 

 

ELLA, EL ESPEJO Y SU CUERPO SOBREVIVIENTE 



Artículo publicado en "Cronistas Latinoamericanos". Foto: Tomada de la web: https://es.dreamstime.com/bella-ilustraci%C3%B3n-de-amor-propio-suave-autoamor-muchacha-abrazando-con-su-reflejo-en-el-espejo-y-un-lindo-gato-gris-cerca-image210257917

 Por: Anahi Alurralde Molina*

Está parada frente a él. Cierra los ojos y mueve la cabeza para no recordar. No puede evitarlo, recuerda que hace 13 años ella cubría el espejo para no verse, lo hacía con periódicos viejos. No quería verse, huía, tenía que huir.

Ella hoy tiene 30 años y está feliz con la mujer en la que se ha convertido.

Ha cumplido sueños, ha alcanzado metas, ha cometido errores, ha tenido aciertos, ha llorado con intensidad y ha reído desde lo más profundo de su alma.

Sin embargo, cuando está parada frente al espejo; su eterno nido de miedos éste le habla con la misma indolencia de hace 13 años, su cuerpo sobreviviente siempre está ahí intentando rescatarla.

¿Cuándo empezó esta historia entre ella, el espejo y su cuerpo?

Ella tenía 11 años estaba en proceso de crecimiento, su cuerpo estaba cambiando, pero empezó a sentir que ese cuerpo cambiante dejaba de pertenecerle porque todos empezaron a opinar sobre él:

“Estás creciendo con un cuerpo regordete”

“Tus piernas son muy gruesitas para tu edad”

“¡Ay! mira tus brazos son gorditos”

“Eres de huesos grandes, tienes que sacar cintura”

“Las mujercitas robustas como tú no les gustan a los chicos”

-      Ella se preguntaba: ¿Por qué todos hablan así de mi cuerpo? ¿Entonces sólo soy un cuerpo grueso?  ¿Entonces, estoy  mal?

-      Su cuerpo replicaba: Si soy grueso, pero nunca te fallé, sólo me enfermé una vez cuando tenías 7 años.

-      El espejo hacia su soberbia aparición: Tu cuerpo no está bien, pero vos puedes cambiarlo. ¡Deja de comer!

-      Ella escuchaba a ambos, pero la voz del cuerpo era muy suavecita, se perdía ante el imponente tono del espejo.

Y así conoció el maldito significado de la palabra dieta.

Dejó de cenar, dejó de comer en el recreo y hasta dejó la marraqueta que tanto amaba untar con leche condensada. Empezó a sentir por primera vez frustración porque había dejado de comer todo lo que le gustaba, pero cuando volvía al espejo sentía que nada había cambiado.

-      Ella le decía a su cuerpo: ¿Por qué no cambias? ¡No te quiero grueso! Quiero que seas como el cuerpo de mis amigas, delgado, sin curvas. Mientras gritaba eso golpeaba con fuerza sus caderas renegando de ellas.

-      El cuerpo respondía: Pero estoy en fase de crecimiento, he menstruado recién por eso mis caderas se ensancharon y los senos crecieron. No me lastimes.

-      El espejo intervenía: No has dejado de comer lo suficiente por eso tus piernas siguen gruesas. ¡Tú tienes la culpa!

-      Ella se decía a sí misma: Entonces yo soy la del problema. No estoy haciendo lo suficiente para ser delgada.

Así fueron pasando los años, entre dietas intermitentes, la del yogurt, la de las frutas y muchas más para adelgazar en tiempo récord.

Cumplió 15 años, su peso y su volumen habían variado muy poco, ella había dejado las dietas estrictas, pero siempre se acercaba con cautela al espejo, temía escucharlo.

Poco tiempo después una tía irrumpió su psiquis otra vez contando de su exitosa pérdida de 20 kilos con un nuevo tratamiento que llegó a la ciudad.

Rodeada de comentarios constantes sobre kilos, centímetros, calorías y comida sana, ella se sintió seducida y lo decidió.

Como regalo de cumpleaños le pidió a mamá que la deje probar ese tratamiento. La mamá aceptó, ahí iniciaba un tormento que marcó su vida para siempre.

-      Ella le decía a su cuerpo: Ahora si vas a cambiar. Ese tratamiento hará que seas más delgado.  Al fin tus piernas serán delgadas y yo seré feliz.

-      El cuerpo respondía: Bueno si eso te hará feliz, cumpliré el tratamiento para ser delgado como tú quieres y lograr que me aceptes.

-      El espejo interrumpía: Eres muy gruesa, te costará.

-      Ella molesta le decía: Lo voy a lograr, ya verás que sí.

Y lo logró, en 5 meses perdió 10 kilos.

El tratamiento funcionó, le costó perder momentos con sus amigas porque ya no quería salir a comer, aprendió a decir mentiras y fue perdiendo su alegría, pero funcionó.

-      Ella le decía a su cuerpo: Lo logramos. Ahora te ves mejor y me siento contenta porque ya no tienes tanta grasa.

-      El cuerpo respondía: Si. Me costó mucho, pero si tu éstas feliz yo también lo estoy. No te quiero fallar. ¿Ya terminamos el tratamiento?

-      El espejo irrumpía: ¡No! No puedes dejar el tratamiento porque todavía te ves gruesa. No estás como tus amigas. Puedes ser más delgada.

-      Ella temerosa respondía: Pero ya terminó el tratamiento.

-      El espejo gritaba: ¡No! Aún te falta. Tus piernas aún se ven gruesas. Necesitas hacer ejercicio.

Ella continuó con el tratamiento y empezó a pasar largas horas en el gimnasio. 

Tiempo después pesaba 35 kilos midiendo 1.60 cm.

Sus piernas estaban delgadísimas, casi con el mismo ancho de sus brazos, sus pómulos sobresalían, su piel estaba amarilla, el pelo empezó a caer y había dejado de menstruar.

Se volvió una estudiante meticulosa, estricta con sus horarios de estudio, ejercicio y comida. Algunas amigas se alejaron, quedaron pocas que no la juzgaban, pero sentían que algo no estaba bien.

Había dejado de sonreír, la energía sólo le alcanzaba para estudiar y hacer ejercicio.

En la familia no identificaban el problema, tenían una hija delgada, buena estudiante y encima disciplinada con el ejercicio ¿Qué podía estar mal?

 Su alma estaba mal, porque a la par que perdió amigas ganó miedos.

Miedo a la comida, miedo a la gente, miedo a salir a cualquier lugar porque podrían ofrecerle algo de comer, miedo a no volver a menstruar, miedo a volver a engordar, miedo a verse en el espejo y escuchar su rechazo.

Después de un corto tiempo la familia tomó conciencia de que ella no era la misma, que cargaba tristeza y soledad.

Decidieron pedir ayuda, primero con el psicólogo del colegio, después con una terapeuta particular que fue torpe y le hizo sentir culpable de lo que le estaba pasando, se asustó, no volvió más.

Cumplió 17 en medio de incertidumbre y temor porque ahora su familia, sus amigas y profesores estaban pendientes de ella, la presionaban para comer y para que no pase tantas horas en el gimnasio.

-      Ella frente al espejo decía: Estoy delgada, no puedo parar. Si dejo de hacer ejercicio no quemaré las calorías de todo lo que como.

-      El espejo irónico respondía: No dejes el ejercicio, así delgada todos te admiran. Estás flaca, eres buena estudiante y tienes el control de todo.

-      El cuerpo debilitado intervenía: Estoy muy cansado. ¿Puedes rebajar las horas de ejercicio?

-      Ella le contestaba: ¡No! El ejercicio no puedo dejarlo porque ahora me controlan y me obligan a comer más.

-      El cuerpo sin fuerzas sólo guardaba silencio y se alistaba para las 5 horas de ejercicio diario.

Entre idas y venidas encontró una psicóloga con la que sintió confianza, empezó a comer más, bajó las horas de gimnasio de 5 a 3 y poco a poco volvió a sonreír con sus amigas que regresaron a su lado para cuidarla.

Sin embargo, poco duró esa etapa de intermitente calma porque los miedos no se fueron y volver al espejo era un martirio:  

-      El espejo indolente decía: Estás volviendo a engordar. Ingieres más calorías y no las quemas. Volverás a ser la gruesita de la familia.

-      Ella llorosa respondía: Pero con las cosas que he vuelto a comer me siento con más fuerza y ya no estoy tan sola.

-      El cuerpo enfadado intervenía: ¡Ya no lo escuches, por favor ya no lo hagas!

-      El espejo incisivo continuaba: Si quieres comer, come, pero para no engordar tienes que tomar laxantes, te harán eliminar lo que comas.

Y así comenzó otra etapa de tortura.

Dejó de tener el registro de lo que comía y empezó a tomar laxantes. Después de los atracones de comida venían las lágrimas de culpa, la ansiedad por eliminar todo lo que comió y las pastillas correspondientes. Empezó con una, subieron a 3, después a 5, a 8, a 10. Fue perdiendo  el control de todo.

El día más crítico llegó a tomar 30 laxantes, pasó una madrugada revolcada de dolor en el baño porque sentía que el estómago se le salía. Volvió a su cuarto de rodillas porque no podía mantenerse en pie.

-      El cuerpo le reclamó: ¿Por qué me haces esto? Yo no te he fallado, pese a todo lo que aguanté no me enfermé, he seguido firme. Ahora siento mucho dolor y debilidad.

-      El espejo interrumpía: Volviste a engordar por eso debes eliminar todo lo que comes. Estás llena de grasa otra vez.

-      Ella les respondía a los dos: No tengo fuerzas para hablar con ustedes. Ahora no.

Entre la deshidratación, el dolor estomacal y las lágrimas derramadas amaneció destruida, inventó un resfriado, no fue al colegio, lloró todo el día, ya no encontraba sentido a nada.

Empezaba la profunda depresión.

Subió muchos kilos, dejó el gimnasio y empezó a sentir enojo con ella misma. Empezó a huir del espejo porque éste le restregaba que había fracasado.

-          Ella le decía a su cuerpo: Volviste a menstruar, pero también volviste a engordar, ¿por qué me has fallado?

-          El espejo arrogante irrumpía: Tú fracasaste. Llegaste a tener las piernas delgadas y lo arruinaste por hacer caso a esa psicóloga, por volver a comer con tus amigas, por dejar el gimnasio. ¡Sólo tú tienes la culpa!

-          El cuerpo contundente intervenía: Sólo he recuperado el peso que estaba en déficit. Pesaba 18 kilos menos de mi peso normal.

-          Ella enojada le respondía: No te quiero así, no me gustas. ¡No quiero verte! No quiero verlos a ninguno de los dos.

 

Su cuerpo le daba asco y el espejo le daba miedo.

Así intentó huir de ambos, empezó a recolectar periódicos para cubrir el espejo y dejar de escucharlo, sólo dejó un pequeño espacio para ver una parte de su rostro.

Pasó el tiempo, el colegio terminó, empezó la Universidad. Con la poca pasión que le quedaba logró entrar a la carrera que eligió, pero el enojo y la culpa no se iban. Sentía enojo con ella por haber subido de peso, sentía culpa porque no podía remediarlo. Cuando no podía huir del espejo lloraba profundamente y entraba en periodos largos de aislamiento.

El apoyo de sus amigas fue fundamental para sostenerla, pero no fue suficiente. Tuvo que ir a un psiquiatra porque la depresión avanzó.  La tristeza y la culpa se habían diseminado en el cuerpo, el cerebro y en el alma.

Fueron dos años de tratamiento. Vivió entre antidepresivos, ansiolíticos, terapias semanales, después mensuales y poco a poco empezó a luchar para reanudar su vida.

La empatía de la familia y el amor de sus amigas fueron vitales para volver a sonreír. El tiempo fue transcurriendo, los miedos más poderosos se desvanecieron, pero no murieron. Ha logrado vivir sin culpa y sin enojo, sin embargo a veces siente una incómoda compañía, hay  espectros que le rondan, le susurran y hasta la tocan.

Llegaron los 30 años, ella está consciente de que aunque superó una depresión severa, recuperó su salud y volvió a soñar las secuelas de toda la tortura vivida están ahí, en su memoria y en su piel.

Volver al espejo siempre es un reto. Lo hace con mucho cuidado, pero ya no porque le tenga miedo a él, sino porque ahora procura una reconciliación permanente con su cuerpo.

 

-      Ella le dice a su cuerpo: Gracias y perdón,  gracias por haber sobrevivido y perdón por todo lo que te hice.

-      El espejo arremete: Todo lo que hiciste fue por él, para que sea un cuerpo delgado y tú seas feliz.

-      Ella contundente le responde: Tú me enseñaste que la felicidad la iba a encontrar siendo delgada, pero me tomó años entender que soy más que un cuerpo, soy mente, soy alma, soy lo que doy, soy lo que recibo.

-      El espejo soberbio continúa: Pero siempre serás cuerpo.

-      Ella lo ignora y se dirige a su cuerpo: Quiero hablarte a ti. Hoy soy consciente de todo lo que tengo que agradecerte. Gracias a tu fuerza sigo aquí.  

-      El cuerpo responde: Los dos sobrevivimos y aún lo hacemos, tú sobrevives al discurso de odio del espejo y yo sobrevivo a tus miedos cuando vuelven a asechar.

-      Ella conmovida le dice: Quiero ser tu amiga siempre.

-      El cuerpo respira hondo y responde: Te lo recordaré siempre. ¡Somos amigos¡

En este cuento se pueden encontrar muchas, tal vez tú que lo leíste hasta el final, quizá la que lo dejó a la mitad porque se estremeció y sobre todo estoy yo, que lo pude contar porque sobreviví. 

 

*Escritora, Feminista y Politóloga