martes, 6 de junio de 2017

Por esa amiga a la que le jodieron la vida







Por: Anahi Alurralde Molina


Era de noche cuando recibí esa llamada hace ya una semana.

La voz de mi madre me advertía que algo no estaba bien, que vuelva a casa acompañada, que no está tranquila.


No pasaban de las 11 de la noche, por lo que pensé que estaba exagerando, sin embargo la voz se le iba quebrando a medida de que enunciaba sus palabras, me inquieté y volví a casa, llegué bien y directo a buscarla.


Después de escucharla no volví a dormir en paz, por eso hoy aprovecho este insomnio para contar esta historia real, que marcó la vida de una amiga con la que no fuimos cercanas, pero la conocí lo suficiente como para decirle que le creo, que la abrazo y la acompaño.


Ya han pasado casi 15 días desde aquel viernes donde al salir de clases, aproximadamente a las 10 de la noche,  esa lluvia nocturna que se apodera de La Paz, le llevó a decidir tomar un taxi para ir a casa más rápido y sin pasar mucho frío, así  como lo hacemos la mayoría de paceñxs en estos días de frio estrepitoso.


No habían pasado ni 3 cuadras y el chofer le hizo charla respecto al clima helado que estas últimas semanas azotó a La Paz. Ella con esa simpatía y carisma que le caracterizan respondió y entablaron una conversación cotidiana entre pasajera y taxista, nunca imaginó que esa conversación le cambiaría la vida para siempre.


Después de unos minutos, el “amable” chofer le ofreció un dulce para calmar el frio, ella crédula e inocente aceptó. Casi inmediatamente empezó a perder el conocimiento y cuando lo empezó a recuperar tenía a ese hombre desnudo encima de ella.


Con las pocas fuerzas que tenía su cuerpo después de haber sido dopado con quien sabe qué droga, logró zafarse y llegar hasta una avenida cercana para pedir ayuda, los vecinos lograron auxiliarla e impidieron que el macho huya.


Mientras el entraba a celdas policiales, ella se limpiaba los rastros de semen que quedaron en su cuerpo.


Mientras el prestaba su declaración de los hechos, ella no terminaba de entender lo que había sucedido, ¿Por qué? se preguntaba a medida de que reaccionaba paulatinamente de los efectos de la droga.


Mientras él se acomodaba en el espacio que le habían asignado para dormir, ella sabía que después de ese día nunca más volvería a conciliar el sueño con la misma libertad de antes.


Las horas pasaron, ya había amanecido y para ella empezaba una peregrinación, tenía que ir a los lugares correspondientes para los análisis del VHI, el de ITS y otros más, seguía sin poder reaccionar ni entender nada. Ella no había iniciado su vida sexual, le temía un poco a esa experiencia.  No logra entender que buscaba el violador.

  
Yo después de cavilar mucho en el tema, creo poder responder a esta pregunta.


¿Qué busca el violador?


Antes mi respuesta hubiera sido que sólo busca  placer sexual, sin embargo hoy entiendo que las relaciones de género son un campo de poder y que por eso, quizá en lugar de hablar de  crímenes sexuales hay que hablar de crímenes del poder, de la dominación.


Rita Segato, una antropóloga que se ha especializado en la temática de violencia, afirma que la violencia contra las mujeres no tiene solo un eje de relación entre el agresor y la agredida, sino que es una relación entre hombres que expresa  un mandato de masculinidad.


El mandato de masculinidad es un mandato de violencia, de dominación, el sujeto masculino tiene que construir su potencia y exhibirla  a los ojos de los otros,  de sus congéneres.


El hombre tiene que probar su masculinidad todo el tiempo porque es cuestión de prueba, de examen, de adquisición de un estatus que no es dado de por sí, sino que tiene que ser constantemente reproducido. Entonces, el hombre más peligroso y tóxico es el sujeto inseguro porque ese estatus lo adquieren por la vía de la fuerza y de la violencia sobre todo contra las mujeres, es decir,  prueban su potencia mediante el cuerpo de las mujeres.


Ahora entiendo que en una violación no hay una relación sexual ni una búsqueda de placer, lo que  hay es un deseo de control, de apropiación, de posesión. Porque el hombre para sentirse hombre necesita sentirse viril y tiene que demostrar su capacidad de control y secuestro sobre el cuerpo de una mujer. El violador obedece un mandato de masculinidad que le demanda un gesto extremo aniquilador de otro ser para verse y sentirse como un hombre. En el acto de violación hay una libido dirigida no al deseo ni al cuerpo de la víctima sino al poder de saberse su dueño y poseedor.


Para él la cárcel y para ella  ¿qué sigue?


Hoy ella no tiene esa simpatía en la sonrisa y ese carisma en el carácter,

Hoy ella siente vergüenza de su cuerpo y lo ha lavado hasta el cansancio,

Hoy ella se mira al espejo y no se reconoce, siente que ese viernes no sólo violentaron su cuerpo, sino su vida misma.


Porque la violación es eso, otra forma de matar a las mujeres. Otra manera de anularlas y de decirles que sus vidas no valen.


Mientras escribo esto, me pregunto ¿Qué hay después de una violación? Para el macho violento en el mejor de los casos, habrá una sentencia que lo condene a  unos años de cárcel.


Y para ella y ellas, ¿Qué hay, que sigue? Y hablo en plural porque hoy me toca contar una historia que estoy viviendo de cerca, pero sé que en nuestro país se violan a mujeres todos los días. Todos nos alimentamos del morbo de la noticia mediática, pero de ellas no sabemos nada, nadie se pregunta qué pasa al día siguiente con esa mujer, con su vida y los sueños que tenía.


Esa mujer,  esa amiga a la que ese viernes le jodieron la vida quizá nunca llegue a leer este escrito, pero necesito hablarle y a través de ella a todas esas mujeres que sufrieron una vejación sexual, decirles que esos machos que las violentaron que usaron su órgano sexual masculino como un arma para destruirlas, no son seres anómalos. En ellos irrumpen y brotan  determinados valores que están en toda la sociedad, una sociedad moralizadora con las mujeres.


El mensaje que dejan en ellas es para todas, porque la violación no es un hecho genital, es un hecho de poder y no están diciendo que tienen poder sobre todas nosotras.


Generalmente,  convertimos al violador en un chivo expiatorio pero él,  fue el protagonista de una acción que es de toda la sociedad, una acción moralizadora de la mujer. El violador cree que la mujer se merece eso. Y por eso empiezo a creer que  los jueces, los abogados, los legisladores, no están formados, no tiene formación suficiente para entender esto.


Resilencia, resistencia para sobrevivir


Quiero terminar este escrito contando que lo hice porque hay que salir del morbo de la noticia inmediata y analizar el porqué de la violencia.


Escribí esto porque hay que hablar de estos temas y no quedarnos con conclusiones reduccionistas y simplonas, porque si no se comprende qué papel tiene la violación y la exterminio de mujeres en la sociedad actual, no vamos a hallar soluciones, hay que socializar los análisis, sobre qué  es el acoso callejero, qué es un acoso sexual, una agresión sexual, qué es una agresión íntima dentro de  las relaciones de pareja, o qué es una violación anónima en la calle como le pasó a mi amiga.


Hoy mediante estas letras denunció este hecho, mañana lucharé porque no quede en la impunidad, y todos los días intentaré resistir desde la resilencia para sobrevivir porque ya entendí que nacer mujer es un riesgo constante.


Y  el día que esa amiga mía me permita, la volveré a ver y sólo le daré un abrazo de esos que intentan llegar al alma.














miércoles, 24 de mayo de 2017

Crónica de una noche de cánticos románticos que no salvan vidas









 Por : Anahi Alurralde

¡Si a la vida , no al aborto ¡ ¡Esto no es desfile es marcha por la vida!


Estas fueron las consignas que se escucharon ayer por algunas  calles de la ciudad del Illimani.

Mi rumbo coincidió con el grupo que entonaba a viva voz esas consignas. Entonces me tocó ir caminando con ellos, claro desde la acera y de repente, una señora, de manera muy amable me convocó a sumarme , de la misma manera y con respeto , le respondí: Señora yo defiendo la vida de las mujeres vivas.


Después de lo sucedido, me alejé y aceleré el paso.


¿Quién no valora la vida no la merece?


A medida de que me iba acercando a mi destino final, fui frenando mi ritmo y recordé la respuesta que había vertido minutos antes: Señora yo defiendo la vida de las mujeres vivas

Y me di cuenta que mi respuesta fue incompleta.


Me faltó decirle a la amable Señora, que defender la vida de las mujeres, significa considerarlas seres con libertad de pensamiento y decisión, conciencias libres que no necesitan tutelaje alguno. Y por supuesto significa, respetar las decisiones que ellas puedan tomar en cualquier ámbito de su vida, y sobre todo cuando de su cuerpo y destino se trata.


No alcancé a decirle que defender la vida de estas mujeres con una historicidad y subjetividad construidas es defender que su derecho a decidir no les cueste la vida.  


No logré  añadir  que en las salas clandestinas donde mueren dos mujeres cada día al practicarse un aborto, muchas de ellas muren con rosarios en mano, mueren invocando a un Dios que se olvidó de ellas.


Al volver a casa, una vez más me topé con este grupo de personas, ¿mala suerte, casualidad o destino? No lo sé, sin embargo, aproveché para buscar a la señora y completar mi respuesta, la búsqueda fue fallida, no la encontré, lo que si hallé fue un desfile funesto acompañado de autos y grandes parlantes que sólo repetían una y otra vez frases sueltas y etéreas y sin ningún contenido real.


Me detuve a observar detenidamente y una relativa tranquilidad me invadió. ¿Por qué? Porque más de la mitad de los participantes pertenecían a sectas cristianas, católicas etc.,(no es invento mío, sus carteles los identificaban) En todxs  veía un aire sombrío cual fuera la expresión de quien tiene que estar porque eso toca, ese aglutinamiento de gente no expresaba compromiso, libertad ni conciencia del porqué estaban ahí.


Fui caminando intentando encontrar otras consignas, quizá con más contenido crítico y político, vago e inútil intento el mío, no las hallé, pero si descubrí casi al final de este conglomerado, un auto con música y mucha gente entonando, una canción de alabanza a dios, la cantaban, juro que la cantaban y mientras repetían la letra agarraban entre sus manos carteles que decían: "El que no valora la vida no se la merece"


No puedo negar que por un momento me perturbó, sin embargo cuando ya estaba alejada, muy alejada del tumulto, recordé esos tiempos donde el fanatismo católico, en nombre de la Santa Inquisición  persiguió y quemó mujeres por temor a su sabiduría.


Y me pregunté si este grupo de gente pretende perseguir y quemar mujeres,  por rebelarse a asumir maternidades no deseadas, y claro reeditando los tiempos de dicha inquisición, ¿será que ahora  lo harán en nombre de la vida?


Finalmente llegué a casa, y antes de cambiarme, me miré al espejo y me dije lo que muchas otras mujeres en Bolivia y el mundo entero también tienen claro: Nosotras somos las nietas de todas esas sabias mujeres que no pudieron quemar, y hoy ningún desfile cargado de odio hacia nosotras nos amedrenta, sólo nos recuerda que nuestros derechos no se negocian y que ningún cántico cristiano va a resucitar a todas las que hoy ya no están porque con o sin rosarios en mano murieron en una sala clandestina por  y con el silencio social cómplice y la venia del Estado.


Por todas estas razones, anoche dormí más convencida que nunca que el debate que se ha abierto en torno a este tema y sus variables,  se lo debe afrontar alejados de dogmatismos religiosos, de fanatismos, de poses demagógicas y sobre todo  de ilusorias posturas que nos están enfrentando en nombre de un Dios al que intentan darle voz.


Me pregunto si ese Dios quiere muerte, yo creo no, quiere una vida  digna e integra. Una vida que valga la pena ser vivida.










domingo, 21 de mayo de 2017

Decirle NO a la maternidad también es amor.





Por: Anahi Alurralde Molina             
                      

“Ella si decidió tener al bebé. Ella apostó por el amor. Qué amor más grande y puro.”  Estas fueron las frases que se quedaron rondando en mi cabeza hace algunos días, después de leer un artículo, de esos que le dejan sabor a poco a una. 


En estos tiempos hablar de amor requiere de mucha responsabilidad, amplitud, sabiduría y empatías. Y sobre todo cuando de mujeres se trata. 

¿Por qué?


Porque en nuestra cultura uno de los contenidos de género  fundamentales para las mujeres es aprender a ser seres de y para el amor y a definir nuestra existencia en torno a éste y a sus diversas formas.


Y para analizar este tema hay que revisar al amor en clave muy crítica. La visión feminista ha sido pionera en esto y hoy por hoy las mujeres identificamos mejor los discursos tradicionales en torno al él y a nosotras.


 Amar es el principal deber de las mujeres. ¿Qué debemos hacer las mujeres? Debemos ser seres de amor. Y esto como un mandato cultural, no como una opción  porque es el deber ser que culturalmente se nos ha asignado, el deber ser que socialmente ha sido construido en cada mujer.


Y entre uno de los mandatos culturales más fuertes está el amor maternal y aquí encontramos la explicación o el porqué de tanta lapidación a las mujeres que deciden no obedecer este mandato a cabalidad.


Hablar de maternidad implica hablar del instinto maternal, y en este caso de desmitificarlo y develar que este no existe por vocación natural, a este se lo construye. Si, el instinto maternal es una construcción socio cultural. El mito del instinto maternal interviene en el control social de las mujeres. Este mito dictamina que toda mujer debe, necesita y desea ser madre. Y además, éste también tiene como finalidad, mantener el orden social – heterosexual y desde luego, legitimar la esencia femenina, que supuestamente completa a las mujeres.


La maternidad como discurso dominante.-


En estos tiempos no resulta novedoso ni extraño que  muchas mujeres no desean tener hijos. La maternidad no es concebida por ellas como un propósito vital, ni un plan determinado. Hoy las mujeres empiezan a concebir la maternidad como una pregunta existencial, ¿quiero o no quiero ser madre?


Sin embargo todavía imperan los discursos dominantes sobre la realización materna, a cuántas se nos ha repetido hasta el cansancio las siguientes frases: “Ser madre es la mayor y única realización de la mujer” “Cuando eres madre te sientes realizada”.


Como consecuencia de estos mandatos sociales, las maternidades obligatorias producen extrema vulnerabilidad en las mujeres, en relación a los logros personales, como sujetos deseantes y capaces de producir (más allá de reproducir – se) en ámbitos laborales, educativos, profesionales, etc.


Un No a los demás es el primer Si para una misma


Entonces cuando se relaciona el amor “puro” con la decisión de una mujer por ejercer su maternidad, se reafirma que las mujeres son seres del y para el amor, y yo me pregunto: ¿Y el amor hacia una misma? ¿Decidir conscientemente no ejercer una maternidad no planificada, no es una muestra de amor propio?


Decidir autónoma y soberanamente no ser madre  es una muestra de amor y responsabilidad con una misma. La realización de una mujer puede ser mucho más profunda que circunscribirse en las faenas maternales.


En estos tiempos decirle No a un sistema que nos reduce a incubadoras es decirnos Si a nosotras, a nuestros sueños y ese sí, es un amor puro.

miércoles, 19 de abril de 2017

DEL DOLOR A LA RABIA: UNA MUJER QUE RESISTE.




Por: Anahi Alurralde Molina


Las mujeres estamos definidas genéricamente por la obediencia, nos han enseñado que ser obedientes es parte intrínseca de nuestro ser. 


Desde niñas entre todas las cosas que vamos aprendiendo el obedecer está en todo. Porque la ecuación es: mientras más obediente, sumisa y complaciente más queridas y aceptadas vamos a ser. Por esto hoy quiero hablar sobre  la transgresión.  Sobre el desobedecer transgrediendo, y específicamente sobre la transgresión en estos tiempos donde el que mueran mujeres todos los día se ha naturalizado y donde la indolencia y desidia patriarcal se campea en todas las esferas.
  
La transgresión en nosotras adquiere otro contenido y tiene una forma peculiar. La transgresión como método de resistencia, de lucha  y de vida.

¿Y quiénes están transgrediendo?

Esa  nueva generación de mujeres que  ha nacido, esas que  no son más princesas sino guerreras.

Las mujeres que hoy cuestionan e incomodan. Esas que han interpelado  su condición, esas que dudan de todo, esas que no aceptan roles pre establecidos,  esas que no aceptan que nacer mujer implique un futuro prefijado, aquellas que se mueven en contradicciones permanentes y que de ellas construyen  la certeza de que frente a un sistema indolente la única alternativa es la  lucha colectiva y cohesionada.

Por esto hoy estamos con Elvira Gavincha, paceña de 48 años, casada hace 35 y madre de 4 hijos, bueno corrijo, ahora sólo de 3 porque a una se la arrebataron, a una la mataron.

Ella se llamaba María Isabel Pilco, tenía 28 años, hace casi 3 años que ya no está. Y lo único que queda de ella es Gissel, la pequeñita de 4 años que tiene los ojos de su madre , una picardía al sonreír y la mirada a veces perdida y otras llena de intensidad.

Y tal vez se preguntan qué tiene que ver el principio de este escrito: la obediencia y la transgresión con el caso de feminicidio de María Isabel.

Sinceramente yo tampoco  la tengo clara, es que una se sienta escribir y tiene que decidir entre las cosas convencionales, bonitas y las otras, las que tienen rabia e impotencia y definitivamente esta vez me decidí por la segunda opción.

Sin embargo, entre la obediencia, la sumisión, la resistencia, la transgresión y la violencia, la hostilidad e impunidad existe una profunda relación, por lo menos cuando de mujeres se trata.

Estamos en tiempos donde la  exigencia privada o pública de derechos y justicia es interpretada como la expresión de una descompostura o disfunción de las mujeres. Nosotras enfrentamos la crisis de una organización social de géneros cuya impronta es patriarcal y se resiste a transformarse.

Y claro, muchos dirán y dónde se refleja todo esto que afirmo. Me atrevería a decir que en todas las esferas de la vida de una mujer, pero la expresión más contundente y ácida está en la justicia.
El acceso a la justicia de las mujeres sobrevivientes de violencia  o los familiares de víctimas de feminicidio es una asquerosa peregrinación ante la que la indiferencia social es cómplice.

Es en base a esto que es inminente hablar de Elvira Gavincha, una mujer que ha decidido transformar el dolor del feminicidio de su hija en lucha por justicia.

El 3 de noviembre del 2014 María Isabel no resistió más y partió. A ella no la consumió alguna enfermedad mortal, ni tuvo algún accidente fatal, a ella la consumieron los golpes de David Viscarra su asesino. Padre de la pequeña Gissel y con el que compartió años de su vida.

El machismo y la misoginia de David la mataron, y hoy a 3 años de impunidad la familia del feminicida con las mismas expresiones de misoginia y soberbia  intimida a Elvira  para que desista y abandone el caso.

Cada audiencia significan horas de tensión y de reavivar el dolor de toda una familia, porque María Isabel era hija, era hermana, era sobrina, era nieta, era madre y todos la siguen llorando con rabia porque no se ha hecho justicia ¿Cómo pedirles resignación a toda una familia?
No, con la resignación no se hace nada. Con rabia y valor si.

Por eso Elvira a sus 48 años está más firme que cualquiera y eso le revienta al patriarcado y a todos sus dispositivos. Ella no abandonó el caso como quisieran muchos  jueces y fiscales para no tener más trabajo y es eso justamente lo que incomoda, la  perseverancia y  resistencia de una mujer que rechaza el quedarse callada y repudia la sola idea de que la muerte de su hija pueda quedar  impune.

Es evidente la sofisticación actual de las violencias misóginas ejercidas contra las mujeres en las instituciones y en la sociedad, que se agravan por el entrelazamiento de la ilegalidad en la esfera civil, supuestamente regida por el Estado de derecho y la legalidad, con la esfera de la ilegalidad , y con la violencia ejercida desde el Estado.

Y es esta coexistencia la que impulsa y fomenta una cultura proclive a la aceptación y naturalización de  la violencia, fortalece condiciones de tolerancia  a hombres que tienen el poder legítimo de ser violentos y el poder extraordinario de dañar de numerosas maneras a las mujeres, en el extremo de quitarles violentamente la vida. Así como lo hizo David con María Isabel, con la venia de toda una sociedad y sentado en el privilegio de  ser hombre.

Hoy Elvira Gavincha  además de sus roles cotidianos, debe asumir nuevamente el rol de madre con la pequeña Gissel, por más oscuros y grises que estén sus días tiene que tener una sonrisa para ella y claro, debe cubrir la materialidad de su vida y para todo esto se la necesita fuerte, sana y emocionalmente estable, y esto último no se va a lograr hasta que no sienta reparado el daño que le produjeron, reparación que consiste en lograr justicia por el feminicidio de su hija y que el que acabó con sus sueños y su historia cumpla la condena que merece.

Ya son años de agonía  entre memoriales, citas con el abogado, audiencias suspendidas, otras que duran horas y horas en las que una vez más reviven su dolor. Hay audiencias que se la ve  fuerte y decidida otras en las que le gana el dolor y suelta el llanto, un llanto con un peso ya de 3 años, un llanto que se hace cada vez más profundo y que a cualquiera que lo ve o escucha le estremece el cuerpo. Y sé que ella no es la única madre que vive esta agonía, sé que son muchas más, y que en otros casos, es la hermana, la tía o la abuela las que buscan justicia para sus muertas y lo hacen con ese mismo ímpetu y coraje.

Hoy hablo de Elvira porque en todos estos  meses de estar a su lado, conociendo su historia, compartiendo sus sentires, sus miedos, sus pequeñas alegrías comprobé que ella decidió transgredir lo establecido como normal, ella buscó ayuda , buscó apoyo para que el grito por justicia para María Isabel sea unísono  y colectivo. Ella decidió desobedecer y no vivir un juicio en silencio y soledad. Ella decidió transgredir lo convencional y hoy su voz adolorida es protesta y rabia.

Y nosotras decidimos no dejarla sola. Decidimos voluntariamente gritar porque queremos que sepan que estamos presentes, denunciar porque estamos conscientes y protestar las veces que sea necesario porque nos rebelamos ante cualquier mínimo intento de impunidad.

Hace  unos días, el 12 de abril exactamente se llevó a cabo una audiencia más  aunque se instaló con una serie de irregularidades, y con tanta parcialidad con el feminicida que hasta los jueces  se atrevieron a amenazar a Elvira sólo por unos comentarios vertidos fuera de la audiencia .Y más tarde intentaron callarnos a nosotras.

¿Qué pasó , Señores Jueces? 

Tanta indignación les causó que seamos mujeres las que estemos vigilantes a que cumplan sus funciones de manera justa? ¿Tan grande fue su miedo que ordenaron arrestar a una de nosotras por 8 horas?  

Pareciera que los ínclitos  jueces a cargo olvidan que la Constitución Política del Estado garantiza el control social de la sociedad civil organizada. 

Se preguntarán ¿Entonces qué pasó con el arresto?
La fuerza de todas las presentes evitó que detengan a una de las compañeras, porque el grito fue firme: ¡! SI LA DETIENEN A ELLA NOS DETIENEN A TODAS. ¡!

Ese 12 de abril  hemos demostrado que esas guerreras de las que hablaba al principio de este escrito, no nos dejamos solas, nos defendemos entre sí.

Ese 12 de abril hemos demostrado que transformar el dolor del feminicidio en lucha por justicia es posible y que esta lucha debe ser colectiva y desobediente, porque con sumisión y complacencia no se alcanza nada. O quizá si, juicios en silencio donde la impunidad y corrupción se campean a sus anchas y todo queda en las 4 paredes de la sala asignada.

Hoy las mujeres estamos convencidas de que el silencio social las vuelve a matar  y por eso no aceptamos que la amnesia bese nunca nuestras bocas.

Hoy las mujeres hemos decidido tener tolerancia cero ante el olvido. Hoy hemos decidido que la respuesta será feminista y que los "honorables" administradores de justicia lo sepan y piensen dos veces antes de emitir sentencias parcializadas e injustas.

Hoy Elvira y su familia no están solas, estamos con ellas por la memoria de Maria Isabel y todas nuestras muertas, por la pequeña Gissel  y por todos esos hijos e hijas que quedan en la orfandad porque a un macho se le ocurrió arrebatarles a su madre.

Mañana 20 de abril se llevará a cabo una audiencia más, en el mismo lugar, con los mismos jueces y su miseria y estoy segura que las irregularidades no faltarán, pero nosotras tampoco. Y aunque nos  hayan prohibido gritar, vamos a estar ahí más firmes que nunca.

Estaremos ahí en via pública ejerciendo nuestros derechos, estaremos ahí en vía pública para que el señor, la señora que esté transitando no sea indiferente y se entere ,si es que hasta ahora no lo hizo, de que se matan mujeres en la cara de la gente y se las vuelve a matar con el olvido y la impunidad.

No se si Elvira pueda leer este escrito, pero si lo hace le digo que vamos a estar con ella hasta el final, que vamos a seguir acompañándole en su lucha, que es también nuestra. Vamos continuar desobedeciendo las veces que sea necesario para que sepan que ahora ninguna mujer más está sola, que ninguna más tiene que sufrir la agonía en soledad. Que sepan que no estamos indefensas, que estamos en resistencia y que mientras María Isabel y todas nuestras muertas no descansen en paz nosotras tampoco lo haremos.

Y para ti que te diste el tiempo de leer esto, quizá estás diciendo que no es una nueva generación de guerreras la que ha nacido sino que nos hemos vuelto locas, yo te respondo:
En realidad nos hemos vuelto más sabias, más poderosas y jodidamente frenéticas porque hemos tomado conciencia de que ser mujer significa resistir, y bueno quizá si estamos locas, locas de indignación.

Voy a terminar con algo puntual y contundente: ¡Ante la violencia machista, resistencia y defensa feminista, porque si los juicios son machistas no es justicia.

PD.- Para las que todavía piensen que estamos locas les aviso:  ¡Cuidado ¡ las locas contagiamos la fuerza, el coraje, las ganas de luchar y el poder vivir por fin sin miedo.
¿No quieren contagiarse un poquito? Digo,no? Es que nos necesitamos entre todas, porque mañana tú o yo podemos faltar como hoy nos falta Maria Isabel y tantas más.


Ella es Elvira Gavincha, transformando su dolor en lucha.Marcha NIUNAMENOS  del 25 de Noviembre de 2016